L A M E N T A C I O N E S

El profeta Jeremías se ganó el apodo de “profeta llorón” por sus lamentaciones y profunda tristeza, en realidad no era porque le aque-jara ningún mal en particular sino por su ciudad, Jerusalén, y su amado pueblo. Las lágrimas del profeta no eran otra cosa que el profundo sentir de alguien que sabe y anuncia lo que ha de venir y nadie le pres-ta atención. Hoy nosotros nos lamentamos por cosas de todos los días, la economía, la salud, la familia, y aún cosas secundarias, y no nos damos cuenta que el mundo a nuestro alrededor se está desmoronando, undido en el pecado y la maldad; o si nos damos cuenta nos sentimos impotentes para hacer algo, frustrados por las corrientes liberales que todo lo permiten; como dice en Isaías 5:20; “Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Sí, así está el mundo lamentablemente, y como cristianos necesitamos el corazón sensible de Jeremías, para levantar nuestra voz cada vez más, y dar a conocer las verdades bíblicas, anunciando que solo en Cristo hay esperanza, libertad y salvación! Nos lamentamos, nos quejamos, anteponemos todo lo nuestro a la necesidad inminente de un mundo que va a la ruina. Jeremías es el único escritor conocido del Antiguo Testamento que presenció la tragedia de Jerusalén, en el año 586 a.C., el sufrimiento del pueblo de Judá y la destrucción de la ciudad, por el pecado y rebeldía contra Dios. Pero aun en medio de tanto dolor había una esperanza, poder mirar más allá del juicio pre-sente y visualizar la restauración futura, recordándole a Judá que te-nían un Dios misericordioso, bueno y fiel, dispuesto a perdonar a todo el que se arrepintiese de sus pecados y volviese sus ojos a él, con un corazón contrito y humillado. Ese es el mismo Jesús, que en la actua-lidad sigue extendiendo sus brazos de amor para recibir a todo aquel que abra su corazón y le deje entrar en su vida como Señor y Salvador. El lamento del profeta llega a su fin cuando tiene la convicción de que un día Dios iba a restaurar a su pueblo y su amada Jerusalén sería re-construída. Así nosotros debemos dejar toda lamentación y esperar en el Señor, confiando que llegará el día de la restauración de las vidas que se entregan a él. No más tristeza ni dolor, sino gozo permanente!   

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