“DIOS SIEMPRE CONTESTA TU ORACION” (10.10.16)

Muchas veces pensamos y aun decimos que Dios no me contesta cuando oro, o que él no me oye, y lo que generalmente hacemos es desesperarnos o enojarnos, y dejar de orar, aunque la Biblia aconseja: “Orar sin cesar” 1 Tes. 5:17.

Cuando determinamos orar a pesar de las circunstancias que nos rodean, veremos cambios drásticos a nuestro alrededor. “La oración del justo puede mucho” Stgo. 5:16.

Jesús oraba continuamente, a pesar de ser Dios, porque necesitaba la comunicación con su Padre, y nos dejó una guía de cómo orar, “La oración modelo”, orando al Padre, en el nombre de Jesús y con la dirección del Espíritu Santo, Mt. 6:9.

¿Por qué oramos? Porque es la manera de comunicarnos con nuestro Señor, de poder contarle lo que siente nuestro corazón Salmo 141:1-2.

¿Para qué oramos? Para llevar delante de él todas nuestras necesidades y las de nuestros amados; y para que se nos quite todo afán desmedido. Fil. 4:6

¿Cuando oramos? En todo tiempo, en la congregación y en privado. Perseverando y velando, sin desmayar. Ef. 6:18

¿Cómo oramos? Con fe, creyendo que lo que pedimos recibiremos. Si dudamos no recibiremos nada, pero si oramos creyendo veremos milagros, portentos y maravillas. Mt. 21:22

Si oramos así, ¿Por qué parece que no recibimos respuesta? Stgo. 4:3 lo explica muy bien. Quizás estamos orando para nuestro propio provecho y no de acuerdo a la voluntad de Dios; o quizás no es el tiempo para recibir lo que pedimos, pensemos que mientras esperamos el Señor sigue trabajando en nuestras vidas y obrando a nuestro favor. Ah! Pero eso no nos gusta, porque nos hemos acos-tumbrado a esta sociedad, que todo es rápido, al momento, fast food, siempre apurados y corriendo, no nos gusta que nos hagan esperar; por eso queremos que el Señor nos conteste en cuanto terminamos de orar. A veces Dios dice: No! Pero no queremos escucharlo! Como niños caprichosos queremos negociar con él: “yo te pido, tú me das; tú me das, yo disfruto! Y no es así, maduremos!! Y aprendamos a escuchar la voz de Dios.

POR LA PASTORA GRACIELA LAGO