UN CORAZON PREPARADO (07.22.17)

A todos nos gusta recibir las bendiciones de Dios, sentirnos amados, atendidos, rodeados, pero a veces esto no acontece porque nuestro corazón no está preparado, alineado con la palabra o establecido en el camino del Señor. El rey Exequias al principio de su reinado decidió caminar rectamente delante de Dios, hizo cambios necesarios para limpiar el templo y restablecer el culto.      En 2 Cr. 29 encontramos los pasos que dio el rey para la restauración y el despertar espiritual del pueblo de Israel.

1.    Abrió las puertas de la casa de Jehová y las reparó. (v.3)

2.    Reunió a los sacerdotes y levitas. (v.4)

3.    Se humilló y reconoció su pecado delante de Dios. (v.5-6)

4.    Hizo limpiar el santuario. (v.15-16)

5.    Hizo pacto con Dios. (v.10)

6.    Restauró la alabanza y la adoración. (v.25-30)

El rey Exequias se preparó primero para luego mandar a los sacerdotes a hacer lo mismo. No podemos llevar a otros donde nosotros no hemos ido primero. Tenemos que entender que necesitamos ir a la presencia del Señor y permanecer siempre allí. Para ser reparadores tenemos que conocer las bases de la palabra de Dios y vivir en una continua comunión y relación con el Espíritu Santo. La sangre de Cristo nos ha lavado y ya somos limpios por ella, pero necesitamos diariamente presentarnos delante de él porque continuamente somos contaminados por las presiones del mundo. Limpiar la casa significa quitar todo lo que ensucia y contamina nuestras vidas, confesando y arrepintiéndonos para que venga una restauración y un avivamiento genuino. El pacto que hemos hecho con el Padre, a través del sacrificio de Cristo, ha sido sellado por el Espíritu Santo, no podemos romperlo. Exequias y el pueblo de Israel cuando terminaron la limpieza y sus corazones estuvieron preparados ofrecieron alabanza y adoración, se alegraron delante de Jehová. Un corazón preparado se rinde completamente, se une en la alabanza y adoración de la iglesia, busca a Dios de todo corazón, se goza, y aprende a oír la voz del Espíritu.

POR LA PASTORA GRACIELA LAGO