ACARREANDO LOS ESCOMBROS (05.29.16)

En el capítulo 4 de Nehemías encontramos el relato de lo que pasó el pueblo de Israel cuando comenzaron a edificar el muro de Jeru-salén, no fue tarea fácil, los enemigos les rodeaban, fueron menos-preciados y llamados débiles judíos, se enfrentaron al ridículo, al temor y al desaliento, pero ellos se fortalecieron en Dios, oraron y tomaron medidas de seguridad, siguiendo el consejo y las estrate-gias de sus líderes. Cobraron ánimo para trabajar y llegaron hasta la mitad de la obra, pero sus enemigos, llenos de cólera conspiraron contra ellos, para atacarlos, entonces oraron y pusieron guardas de día y de noche. Nehemías dijo a los nobles, a los oficiales y al pueblo: “No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead…” Tenían seguridad del respaldo del Señor y continuaron la obra, unos trabajaban edificando mientras otros vigi-laban armados. Trabajaron acarreando y cargando los escombros con una mano, y en la otra llevando la espada. Una tarea grande y pesada, acarrear escombros y enterrarlos para que formen el funda-mento, la base, de lo que se quiere edificar encima. ¿Qué podemos sacar en conclusión de todo esto? Todos, de una u otra manera aca-rreamos problemas, fracasos, tristezas, situaciones adversas, prue-bas que nos han parecido imposibles de superar en su momento, y hasta nos han atemorizado, pero cuando aprendemos a dejar todo eso en las manos del Señor podemos seguir adelante sin temor. Debemos cargarlos hasta el lugar donde queremos construir y ente-rrarlos allí. Cada fracaso, cada circunstancia negativa, enfermedad o economía, puede transformarse en los cimientos de una gran ben-dición. Con la herramienta de trabajo, la oración, y la espada, la palabra, en nuestras manos, llegaremos a la meta. Nehemías tam-bién dijo: “La obra es grande y extensa, y nosotros estamos apar-tados en el muro, lejos unos de los otros. En el lugar donde oyereis el sonido de la trompeta, reuníos allí con nosotros…” Si lo hace-mos en alabanza y adoración, y en la unidad perfecta del Espíritu, triunfaremos. Aunque estemos lejos unos de los otros, cada uno en su trabajo, en sus ocupaciones, debemos estar atentos al sonido de la trompeta, la voz de Dios, cuando habla a través de su palabra en medio de la comunión de los santos, y estar dispuestos a obedecer y esperar en él, porque: “Nuestro Dios peleará por nosotros”.

POR LA PASTORA GRACIELA LAGO